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Bienvenido/a

Bienvenido/a a mi blog.

Te voy a ser sincera, aún no tengo claro cómo voy a organizar esta locura (de hecho, acepto sugerencias).

Lo que sí sé es que esto tiene una elevada probabilidad de acabar convertido en una especie de área de integración común, o sea, un cajón desastre. Pero ese cajón desastre incluye poemas, reflexiones, trocitos de mi biografía, trocitos de mi libro o batallitas de su creación, tonterías varias, puede que un plan para asesinar a mi vecino si no baja la música (hola, Arturo), preguntas con respuesta, preguntas sin respuesta y emociones por un tubo.

En cualquier caso, voy a escribir algo que te va a dejar tocado/a. No sé bien el qué ni por qué. Quizá porque me conoces, quizá porque no lo haces, quizá porque te identifiques, quizá porque te despierte o tal vez porque te ayude, quizá porque hable de ti y tú aún no lo sabes, quizá porque encuentres lo que andabas buscando, quizá porque nunca lo habrías imaginado.

¿No te sientes tentado/a?

Al fantasma de la noche le digo “qué tal”

Isabel Juste Lasierra.
Isabel Juste Lasierra, sal a la pizarra.
Otra vez suspendiendo química. Henar, ¿por qué eres así de malvada?

Unos andaluces comen pies humanos en un bar chino en Liubliana,
Isaías le dice a su novia que ya ha tardado en encontrarla, una hormiga sube por mi palma y, mira por donde, tú no estás aquí.

Marata es preciosa. ¿Por qué no es feliz?

Mañana hace un año de la muerte del padre de mi hermano y ni siquiera puedo estar ahí.

Echo de menos mis zapatos, echo de menos el reflejo de mi pulsera en el gotelé, echo de menos a mi padre en silencio y a los bailes que ya no bailaré.


Yo amo estar sola, pienso. Y después oigo ruido en el pasillo, ya están sin mi otra vez. En realidad lo que quiero es desaparecer. Y estar contigo. Y acabarme el bote de nutella de una vez. Y, bueno, unos dineros. Y un poco de café.

Otra hormiga sube por mi palma y por mi almohada. ¡Puta plaga! Ya me acostumbraré.

Una cerveza y otra más. Pablo, amigo, ¿cuándo lo entenderás?
Una cerveza y otra más. Otra más para el delirio, para no tener que pensar.

Una hormiga en mi pelo, una hormiga y 20 más.  Hago trompos en un polígono, en un centro comercial, intento aparcar en diagonal hacia atrás y el fantasma de la noche me dice bye bye.

De viaje

Ya estamos en el tren. Sergio y yo hemos tardado un milenio en colocar las maletas. No estamos muy en forma precisamente y ahora olemos a chimpancé. Pero este es solo el comienzo de nuestra inexperiencia.

Por la ventana no se ve nada. Solo negro. Y mi cara. Mi reflejo. No puedo creerme que esté haciendo esto. Es como si no supiera donde voy, como si no tuviera nada que ver conmigo. Estoy tranquila y asustada. Estoy mirándome desde arriba o desde dentro, no sé. No soy yo la que veo. No sé muy bien quién es. Alguien que tomó esta decisión con un coraje que desconocía. Con desinterés, incluso. Y ahora lleva 2 maletas, 1 mochila y un cuerpo extraño de la mano a un país que todavía ni sabe cuál es.

Sergio se quita un casco, me dice: “¿puedo hacerte una pregunta?”. “Claro que sí”, chiquillo. “¿Cuál es la velocidad de la luz?”, susurra. Así. Porque sí. Me pregunto cómo se siente el ahora mismo. Podría preguntárselo pero no quiero saberlo, quiero sentirlo. Y la física, amigo, o Dios o el santo Goku no van a permitírmelo.

De momento estoy aquí, entre Sergio y el paisaje negro. Flotando en algo que parece un sueño. No me siento viva. Ni muerta. Este tren. Este asiento. Sergio y este paisaje negro. Todo esto que siento, todos mis miedos y mi paz y mi alegría. Todo cuanto veo debe ser un espejismo. Ni cielo ni infierno, algo así como el limbo.

Antes

En realidad, no recuerdo cómo era antes de esto.

Sé que ya estaba mal. Y eso es una prueba en mi contra, según la policía. Si no hubiese pensado en el suicidio cada día, si no hubiese ido de heridas hasta arriba y no hubiera sido medio invisible para la mitad, él nunca me habría elegido a mi.

En el fondo estoy agradecida. Como ya he intentado explicar, lo contrario a sufrir más y más era morir y de haber muerto no podría escribir otro texto sin valor ni técnica. De haber muerto me habría perdido cosas. Eso es lo único que siempre me ha echado para atrás: perderme cosas.

Cuando empezó todo yo no lo entendía. “¿Por qué yo?” Y él nunca respondía. Porque la respuesta era tan cruel que dejaría ver lo que escondía que era: un buitre.

Cuando ya era muy tarde, todos dieron por hecho que yo me enamoré de él, incluso se oye a veces, que él no pudo resistirse a mis encantos de niña, a mi insistencia y mi pesadez.

Todos dieron por hecho que yo me enamoré de él porque eso era lo más fácil. Lo cierto es que yo llevaba años llorando, sintiendo que nadie me veía. Y él era la única persona que sabía que me moría, o, al menos, la única que se pronunció.

Pero es más fácil creer que le busqué a admitir que me encontró cuando nadie más lo hacía. Admitir que se aprovechó precisamente de eso, de que nadie me veía, de que todos dan por hecho que los problemas de la adolescencia no son problemas y que lo que sea que sean se arreglan con el tiempo. Eso claro, si no te cuelgas.

Para quien corresponda

Yo solo puedo darte una cosa: amor torpe. Amor muy torpe al que le falta un poco de todo y le sobra de muchas cosas. Un amor experimentado, pero no eficiente. Un amor paciente e impaciente, un amor asustado.

Yo solo puedo darte una cosa: mi compañía. Mi compañía silenciosa y reflexiva. Un paseo incómodo lleno de palabras vacías. Alguien que te espera, que te busca y te obedece. Alguien que hace tonterías para no perderte. Alguien que se calma en cuanto puede, que quiere ser mejor cada día.

Porque yo solo puedo darte una cosa: rebeldía.  Quejas y mucha ironía. Puedo reírme en tu cara, si tienes suerte. Y, aunque no lo entiendas, puedo quererte torpemente y con rebeldía, darte la mano durante unos meses y, aún así, ser solo mía.

Y yo me odio menos

Como cada cumpleaños desde hace ya 6, escribo algo para ti.

Este año no vengo a llorarte, a reñirte, no vengo a echarte de menos ni a desear que vengas y me mates. Este año solo quiero decirte que no te odio.

Lo encuentro injusto para la gente que tengo a mi lado, especialmente para los que aún no he perdonado, pero es más fácil dejar de odiar a alguien a quien no querías. Es más fácil dejar de odiar a alguien a quien no ves todos los días, a quién ojalá pudieras decir que no ves desde hace 6 años.

En realidad, ahora lo pienso y ni siquiera estoy segura de haber llegado a odiarte.

Supuestamente eres la persona que más me ha hecho daño, después de la que veo en el espejo y que escribe esto en su cumpleaños siguiendo una especie de estúpido ritual masoquista. Supuestamente ese eres tú. Y en parte es así, pero no.

Tu plan maquiavélico me salvó la vida sin quererlo. Y hoy, sintiéndome de alguna forma en paz conmigo misma, me alegro. Y no solo es que me alegre de haber sido yo y no otra, eso lo habría reconocido en cualquier momento. Me alegro de haber sufrido. Tampoco es que vaya a darte las gracias por ser un engendro. Me las doy a mí.

Mi encontronazo contigo y con todo eso que durante mucho tiempo pensé que no debí vivir, me dieron un propósito, la única razón de que siga aquí. Me dieron una identidad, porque, aunque no lo quiera, todo en mí gira en torno a ti o, al menos, en torno a lo que recuerdo. Mis gustos, mis elecciones, mis ojos y mis errores, todos tienen que ver contigo. Tú me has hecho así, pero ya no te odio. Lo que debió ser mi peor momento me llevó a momentos mucho más desoladores, pero esos me hicieron quién soy. Y no es que me ame tanto a mi misma, pero gracias a ti sé cosas que poca gente sabe. Cosas que puedo usar para ayudar a alguien, para poneros fin a ti y al resto.

No te confundas, tampoco te aprecio. Me das miedo, me pones triste. Me das pena, a veces. Me das asco. Me das mucho miedo. Salgo a la calle, cruzo sin mirar los coches para no agobiarme y siempre pienso que de encontrarme contigo moriría inmediatamente, colapsaría en tan solo un instante y nunca me repondría. Pero te perdono.

Tú me has dado un montón de lo peor y yo me he subido encima y lo he hecho algo grande. Ya no me avergüenzo del dolor ni de ti ni de mi. Ya ni siquiera quiero olvidarte.

Hoy cumplo 21 y respiro profundamente. Quizá perdone a todos más adelante, pero hoy te toca a ti. Después de este combate que tanta sangre me ha hecho, hoy acepto lo vivido y te acepto a ti.

En mi móvil, de fondo de pantalla, tengo mi página favorita de un libro que hizo por mí más que el mundo entero. Es un libro de Despentes y dice así: “Vuelvo a ello, todo el tiempo. Desde hace veinte años, cada vez que creo haber acabado con ello, vuelvo. Para decir cosas diferentes y contradictorias. Novelas, relatos, canciones, películas. Aún imagino que un día podré acabar con ello. Liquidar el evento, vaciarlo, agotarlo. Imposible. Es fundacional. De lo que soy como escritora, como mujer que ya no es exactamente una. Es al mismo tiempo lo que me desfigura y lo que me constituye”. No puedo estar más de acuerdo.

Fácil

Siempre me he llevado mejor con mis profesores que con mis compañeros. No sé por qué.  Los convertía en los padres que necesitaba y los amigos que no tenía.
Por eso fue tan fácil.
Porque ellos eran los únicos que intentaban rescatarme. Y siempre eran hombres. O casi. Eran los únicos que me veían. Los que me decían que la vida mejoraría y se enorgullecían de mi. Los que intentaban que hablara y a los que contaba mis secretos, como que era más que infeliz.
Por eso fue tan fácil.

Ahora voy a clase, a la universidad. Mis compañeros me dicen a menudo que me calle. O se ríen. O se asustan. No entienden por qué no tengo filtro. Por qué hago tantas preguntas. Por qué digo en voz alta lo que pienso.
Esa linea entre esos dos mundos: profesor y alumno. Esa linea que ellos nunca cruzan, yo no la veo.
Les he perdido el respeto a todos. Y el miedo. Les quiero más que ninguno de mis compañeros. Pero también los veo como lo que son: personas. Personas defectuosas con vidas mediocres, personas exitosas o fracasadas hasta decir basta, personas con pensamientos buenos, malos e impuros, personas como cualquiera.

Ellos me han cuidado, me han engañado y me han mentido. Ellos me han salvado, me han hundido y me han insultado.
Y yo les devuelvo lo mismo. Y me preocupo por ellos y les pego y les insulto. Y les vacilo y les cuestiono y juego.
Para mi, soy como ellos: nadie.

Viernes

Yo me quedo con la amiga. Escucho su problema. Diría que no me interesa, pero si pudiera ayudar me interesaría. El problema es que apenas puedo articular dos palabras seguidas y eso no va a cambiar que una tal Miriam espere a esta desconocida en Andalucía con cara de enfadada.

Conocemos a dos mujeres casadas y drogadictas y nos caen bien. Yo conozco a Belén más de lo que debería. Carolina se mete en líos y la policía nos echa a patadas de allí.

A veces te reencuentras con gente que hacía mucho tiempo que no veías. Casi siempre descubres que las apariencias engañan y muchas veces te arrepientes, pero nunca te marchas.

Es una calle adictiva, como una droga de las malas. Es la calle de los marginados, de los que echan de casa, de los que odiaron, criticaron, de los que cuando se besan la gente mira y eso que aquí sigue pasando. Porque esta es la calle de los perturbados, de los enfermos, de los tarados. Esta es la calle de los que nos ocultamos en cualquier parte menos en este tramo, menos en estas horas, menos en estos baños.

Un cuento ¿o no?

Antes de empezar la clase, con nuestro profesor al tanto, Rubén se pone de rodillas y me pide matrimonio. Rubén no sabe, pobre, que va a pasarse toda la hora castigado en la fila de delante, bien lejos de donde estoy yo, que ya soy propiedad de alguien.

Más maduro que nosotros, me aconseja esa tarde: “no no, Rubén no es para ti, ¿Rubén?, no no, lo que tú necesitas es…”

Pero no está contento del todo. Tampoco le importa mucho la vida que lleve cuando no está él. “Está bien, pero aunque te eches novio, tendrás que quedar conmigo”. Pues amén.

No lo hice. Echarme novio, digo. ¿Para qué?

Lo hice después. Como durante 3 días. O 2 y medio, no sé. Rubén no me gustaba, pero el viejales tampoco y, de alguna forma, se la quería devolver.

Qué pena que no fuera esa y ya nunca sabré cuál es.

Porque llorar es de perdedores

Llorar es difícil cuando siempre te han dicho que no llores.

Mamá siempre dice que sonría porque sonreír es fácil. Mamá siempre dice que sonría para no amargar a los demás, que deje de amargar vidas. Dice que nadie puede saber que estoy mal, que nadie puede saber de mí más que mi sonrisa. Mamá dice que los malos se aprovecharán, que no me interesa que lo sepan algunas personas.

Mamá me echa un poco la culpa, pero no lo ve. Me dice “no te pongas eso o alguien va a mirarte”. Me dice “estas chicas que se enamoran de la erótica del poder”. Y yo me clavo las uñitas en silencio. Me ducho y el agua escuece. Lo he vuelto a hacer.

A veces me pregunto si me echarían del trabajo por esto. No lo sé. Pero lloro en la ducha donde nadie sabe si lloro o solo cae agua. Y después de cara al público finjo que no estoy, digo “no sé”.

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